Cuando hablamos de neoliberalismo solemos dar por sobreentendidas demasiadas ideas, probablemente por la deformación constante que de esta palabra se hace en los debates políticos. Eso es lo que lleva a gente como Egócrata o Citoyen, entre otros, a decir que la crítica al neoliberalismo es la crítica a un hombre de paja; según ellos, o eso creo entender, la crítica debería dirigirse hacia sujetos y políticas concretas que quedan nubladas bajo este concepto tan manido. Sin embargo, yo entiendo que resulta muy pertinente el uso de este concepto una vez que aclaramos perfectamente a qué nos estamos refiriendo realmente.

Definirlo primero de forma amplía ayuda bastante. Así, tal y como sugiere A. Martínez-González Tablas (2007) podríamos decir que el neoliberalismo “representa una revuelta contra el rumbo del capitalismo en el siglo XX y muy especialmente contra el que adopta en su segunda mitad, bajo el modelo de desarrollo fordista”. Es, desde este punto de vista que yo también comparto, una reacción ante la evolución progresista -en el sentido económico- del capitalismo de posguerra. Pero es, ante todo, una ideología -un sistema de ideas- que tiene un génesis, representa a unos sujetos y/o clases sociales y se materializa en un determinado abanico de políticas económicas y sociales.

Su ideario básico es muy simple: exhaltación del libre mercado y crítica radical a la intervención del Estado. Y su génesis se remonta a Hayek y Milton Friedman, entre otros, y a una compleja red de instituciones privadas, pero muy poderosas económicamente, que actuaron como espectaculares think-tanks políticos. Y su ascenso al plano político tuvo lugar debido a la gravedad de la crisis de los años setenta, y precisamete porque las medidas económicas keynesianas -que habían gestionado el capitalismo eficazmente desde el final de la II Guerra Mundial- se mostraron incapaces de dar soluciones válidas.

En última instancia tenemos que remontarnos a las causas de esa crisis estructural de los setenta, que viene a representar el agotamiento progresivo de niveles de rentabilidad suficientes para la inversión empresarial. Las tasas de ganancia ya reflejaban desde los años sesenta una caída que hacía presagiar una crísis importante, precisamente porque estos indicadores representan los incentivos que tienen los empresarios para invertir. Bajos niveles de ganancia empresarial no incentivan la inversión, lo que puede degenerar en un estancamiento de la economía y devenir en desempleo e inflación (en la medida que los incrementos de productividad, si los hay, no consiguen contrarrestar las subidas de salarios).

Tasa de Ganancia
Nota: Es recomendable examinar los trabajos de G. Dumenil y D. Levy, así como los de N. Álvarez y B. Medialdea, acerca de la evolución de la tasa de ganancia.

Es en este momento histórico cuando la oportunidad para el neoliberalismo se hace patente. Y gracias a su gran extensión en los ambientes adecuados -universidades, centros de investigación, elites políticas y otros lobbies- consigue ascender al poder, empujados también por la notable falta de alternativas: un keynesianismo ineficaz y un sistema comunista en declive absoluto. R. Reagan y M. Thatcher vienen a ser, entonces, la personalización del neoliberalismo: son los gobernantes elegidos para efectuar los cambios pertinentes en la economía mundial, todos ellos inspirados en la ideología neoliberal.

Comienza entonces el ajuste neoliberal de la economía mundial. Y en todas partes empieza a retroceder el movimiento asalariado: los sindicatos comienzan a perder batallas ante gobiernos claramente pro-capitalistas, las reformas laborales merman continuamente los derechos de los trabajadores y las capacidades de reacción sindicales, mientras que los políticos oportunistas marchan al armario a por sus nuevas chaquetas.

En este nuevo escenario surgen los programas políticos neoliberales: el consenso de Washigton data de 1990, pero las medidas políticas en las que se inspiraba ya habían sido puestas en marcha con anterioridad a lo largo de gran parte del mundo. El primer lugar, el Chile de Pinochet. Bajo la dictadura, el experimento social neoliberal (ver N. Klein “La Doctrina del Shock”) fue llevado a cabo. Y después sólo tuvo que extenderse con mayor o menor éxito. Las materializaciones de la doctrina neoliberal fueron varias: ajustes fiscales, con la reducción de los tipos impositivos, sistemas fiscales más regresivos y la doctrina del equilibrio presupuestario; liberalización comercial, con el desmantelamiento de las barreras comerciales; las reformas financieras, que entre otras cosas suprimieron las normas impuestas a bancos y otros agentes tras el crack del 29 y cuyos efectos vemos hoy en día claramente en forma de crisis financiera internacional; la privatización, que desmanteló los bienes y servicios públicos para aumentar la cuota de mercado del capital privado; y la desregulación laboral, que fue básica para mejorar la situación del capital en la pugna entre éste y el trabajo.

El neoliberalismo, después de todo, tuvo relativo éxito en sus aspiraciones. Efectivamente, tal y como se puede apreciar en el gráfico que refleja la evolución de la tasa de ganancia, el neoliberalismo consiguió recuperar dichas tasas hasta niveles suficientes para el capital. Sin embargo, no ocurrió lo mismo en el ámbito productivo y la tasa de acumulación fue mucho más baja de lo que lo había sido en las épocas precedentes (el crecimiento medio de los países de la OCDE fue del 2,0% entre 2000 y 2005, de 2,6% entre 1990 y 2000, de 2,9% entre 1980 y 1990, de 3,4% entre 1974 y 1979 y de un 4’9% entre 1950 y 1973). De la misma forma, el neoliberalismo también tuvo un hijo probablemente no deseado para el sistema económico capitalista: la financiarización.

Crecimiento interanual países OCDE

Pero sobre todo el neoliberalismo consiguió algo mucho más importante y decisivo en la evolución del capitalismo: aumentar de nuevo la brecha entre clases sociales, acrecentando de esa forma la pobreza relativa de los asalariados y sumiéndolos en un nuevo escenario socioeconómico en los que los márgenes de libertad, derechos y oportunidades se han reducido de tal forma que hoy nos encontramos en niveles nunca visto desde principios del siglo pasado.