Hoy en día nos hemos acostumbrado a escuchar que la moderación salarial es la salida a cualquier tipo de crisis económica. Podríamos ir más lejos y decir que es la primera receta que reclaman los empresarios y los economistas liberales tanto en tiempos de crisis como en los de expansión económica. Y somos muchos quienes nos hemos educado con modelos de teoría económica cuya función ha sido y es fundamentar dichas conclusiones.

Sin embargo, hay otras teorías alternativas que niegan tanto los supuestos tradicionales como sus conclusiones. No es fácil acceder a ellas debido a la marginación a la que el mainstream las somete, pero ahí están y cada vez con más fuerza. En esta nota haré una breve introducción a la modelización heterodoxa de la relación entre crecimiento económico y salarios reales, para dedicar la siguiente nota al desarrollo pormenorizado del modelo de Bhaduri y Marglin, el cual fue citado en la entrada “Por qué bajar salarios sería un grave error para España y subirlos un acierto”.

Los marxistas sitúan la tasa de ganancia en el punto central del capitalismo. La tasa de ganancia (relación entre beneficios y stock de capital) es la variable crucial que determina en qué medida invierten los empresarios. Es su incentivo. Si las tasas de ganancia son suficientes los empresarios estarán dispuestos a ahorrar e invertir o reinvertir sus beneficios para iniciar o reproducir la actividad económica. Si la tasa de ganancia es insuficiente el sistema entra en crisis.

Sin embargo, algunos marxistas también centraron su vista en los problemas de demanda. Aceptando el papel de la tasa de ganancia se preguntaban también si el hecho de que hubiera espacio para un negocio aseguraba que esté se materializara o, dicho de otra forma, si la producción se vendía necesaria e inevitablemente por el hecho de que las tasas de ganancia fueran suficientes.

M. Kalecki, de formación marxista y muy influenciado por R. Luxemburgo, mantenía también esta última perspectiva. Desarrolló una teoría del ciclo económico en la que la inversión jugaba un papel central, pero en un “mundo” distinto al ideado por los neoclásicos. En este “mundo”, entre otras cosas, no hay competencia perfecta sino oligopolios y, por lo tanto, los precios no dependen de las leyes de la oferta y la demanda. Y tanto a corto plazo como a largo plazo la capacidad productiva utilizada es distinta a la capacidad productiva instalada.

Ambos supuestos son cruciales en el modelo básico kaleckiano. La determinación de los precios se realiza a través de procedimientos de tipo cost-plus, es decir, estableciendo un margen sobre el coste unitario del producto –por cierto, la forma básica que se puede ver en la mayoría de manuales de marketing y empresa.

Pero el aspecto más importante es el que se deriva del segundo supuesto: una utilización de la capacidad productiva por debajo de la capacidad instalada supone la posibilidad de incrementar salarios sin generar efectos inflacionarios. En caso de incrementar salarios, y aumentar la demanda, la oferta se ajustará vía capacidad productiva y no vía precios.

Esta conclusión es radicalmente diferente a la mantenida por los modelos neoclásicos en los que existe un trade-off entre crecimiento y distribución de la renta funcional (la que separa la renta entre beneficios empresariales y salarios). Pero también es distinta a las conclusiones marxistas que aseguran que los empresarios necesitan cada vez una mayor explotación de los trabajadores para mantener las tasas de ganancia en niveles aceptables.

El modelo de Bhaduri y Marglin viene a formalizar todas estas opciones entendiendo que cada una de ellas puede ser un caso específico del funcionamiento del capitalismo. Es decir, existen distintos regímenes de crecimiento económico dentro del capitalismo. Formas de crecer que dependen de factores como la posición en la distribución internacional del trabajo y, más concretamente, de su forma de inserción exterior.

El modelo de Bhaduri y Marglin parte de los supuestos kaleckianos y determina que hay dos regímenes generales (wage-led y profit-led) y dos tipos de situaciones (cooperación entre clases y no cooperación entre clases) en cada uno de ellos. En un modelo wage-led los salarios dirigen el crecimiento económico y la subida de los mismos genera mejores resultados que una reducción. Subirlos puede generar efectos positivos también en los beneficios empresariales, no a través de su participación en la renta pero sí a través del incremento de las ventas. Sin embargo, también existe un límite en el cual excesivos niveles salariales suprimen la capacidad para invertir y hacen entrar en crisis al sistema.

Este modelo (en su forma más sencilla) lo he desarrollado y explicado con detalle en la siguiente entrada, dejando para más adelante una relación de estudios empíricos basados en el mismo. Mi objetivo con ello es tratar de abrir las miras de los economistas dispuestos a ello y contribuir a que todos escapemos del dominio hegemónico y “desgraciado” de la teoría neoclásica. Además, como alguno de vosotros advertía en los días pasados, no hay apenas contenido en internet sobre este tipo de modelos. Satisfecho estaré si a alguien le resulta interesante o útil.

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Comentarios

  1. Buenas,

    soy estudiante de Derecho, y desde hace bastante tiempo sigo tu blog.
    Desde que cursé una asignatura en mi carrera llamada ” Economía política”, me suscitó un grandísimo interés cómo se interrelacionan la económia y el derecho.
    Y sobretodo lo importante que es entender como funciona el mundo y cuales son sus reglas donde el derecho desplega su (ine)eficacia.
    Y es que, con todo, al final te das cuenta, o al menos es mi caso, que no hay ni tratado,ni prinicpio ontológico que no salga disparado cuando la “economía entra por la puerta, la política sale por la ventana”.
    Que la libertad es un medio para el desarrollo parece no ser la tónica que rige el mundo.
    Muchas gracias por tus entradas y explicaciones.

  2. Muy agradecido de su post, lo hemos publicado en : http://www.marxismo.cl/mod/forum/discuss.php?d=1702

    Cordialmente
    Amador Ibañez

  3. Vaya, me gusta comprobar que eso que suelo decir: “si los trabajadores vivimos bien los empresarios también vivirán mejor”, no es ninguna tontería.

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